‘Vecino visitado por una columna de Sendero Luminoso. Villa Rica, Perú.’                        Fotografía de Jorge Deustua. Copyright 1988. 

Me vencieron. Lo digo sin rencor. Con la sinceridad tramposa del derrotado, sí, pero sin ningún rencor. Nunca he querido escribir un blog. Por flojera. Porque no da dinero (y, desde que estuve de periodista practicante en el Perú, juré que en el futuro solo trabajaría gratis para los escritores valientes, para los niños soñadores o para las flaquitas bien ricas). Porque todos tenían un blog y, desde niño, a mí siempre me ha costado hacer lo que hacen todos los demás.

¿Blog? Nolas: I’d rather be reading.

Oh, oh: qué sensación del orto es esta de tragarse las palabras y condescender pero ¿qué me queda? Caballero nomás: ya tengo blog, ya chambeo gratis, ya tengo que escribir aunque me encantaría seguir de gandul por esta vida breve.

¿Quién me venció? ¿Cómo? ¿Fue doloroso? ¿Rico?

Se los cuento con una historia trágica y verdadera que empieza y termina por mí, D., escritor a secas, amante del Jameson, hincha de Universitario de Deportes (Chemo, por favor, ¡no vuelvas nunca!), aspirante a cinéfilo, lector exigente, megalómano (dicen los amigos), un chico conflictivo que no se enamora fácil y quiere un perro.

Hace dos meses postulé al programa de maestría en Escritura Creativa de una prestigiosa universidad gringa. Una idea luminosa solo para mí porque los amigos de esta universidad me metieron una bonita patada en el culete. Debo decir, a su favor, que la suya fue una patada muy elegante y, hasta diría, obsequiosa. Su carta de rechazo señalaba que, como escritor, estaba sobrecalificado y no merecía una plaza.

Oh oh: ¡cómo me deprimen a morir las rejections!  Yo tenía planeado organizarles un espectacular golpe de estado literario con los escritores más románticos y lumpen del programa. Será para la próxima, cuando Perú llegue a un Mundial o se vaya Manuel Burga, una de dos.

Pues, bien, les contaba que fui rechazado de la maestría bajo la excusa de mi promisoria carrera literaria y no me quejo. Si esos señores piensan que ya soy un escritor consolidado, se agradece la flor y a otra cosa. El problema empieza cuando uno se ríe, se sonríe —como diría el pesado de Neruda en uno de los pocos poemas que le aguanto— y viene la feísima realidad a darte de puñetes en la boca. ¡Cosa más grande de la vida, chico! Hace unos meses terminé mi tercera novela, Bioy (no es sobre Bioy Casares, no), una novela que casi me destroza los nervios y por poco me vence, una maldita novela que me demoró cinco malditos años y me ha dejado un poco turuleco y semi alcohólico, una obra que, espero, no se vea afectada por la puta crisis económica que ha jodido a medio mundo.

En casos como este,  lo que a un escritor flojo le queda es, precisamente, mostrar lo que sabe (contar, narrar) y esperar que este espacio sea leído, comentado, twitteado (yo no tengo Twitter ni tendré), compartido, discutido, vilipendiado y, de esta forma, esperar que Bioy, hijo de mis entrañas enfermas, vea la luz que merece por los siglos de los siglos, amén.

El título surgió de un verso de Deshora, un poema de Cesitar Vallejo, alias el Gran César, incluido en Los heraldos negros (1918), que dice así: ‘Alejaos de mí, buenas maldades, dulces bocas picantes…’

Buenas maldades, como todas las cosas de esta vida, no será eterno. Ni cagando. Publicaré un post cada lunes hasta que me aburra y, cuando esto ocurra, lo incorporaré a mi página web. La idea es que ustedes se vuelvan adictos a lo que escribo y me endiosen. Yo, por mi parte, me dejaré engreír. Cuando salga mi novela, ustedes, ya hipnotizados, rendidos, irán corriendo a comprarla y yo haré mucho dinero y me convertiré en un hijo de puta (ya estoy ensayando).

Los temas de este blog pertenecen al docto terreno de lo que me salga del forro aunque, claro, les prometo que será divertido. Este será el único post largo. Los textos serán breves. Los comentarios estarán abiertos y ustedes podrán alabarme o insultarme con confianza.

Un dato más: la foto de la cabecera, la misma que coloqué en esta entrada, es del fotógrafo peruano Jorge Deustua. Es una de las fotos que más admiro de su catálogo (tendrían que ver las de Julio Ramón Ribeyro en París y en Miraflores) y, desde luego, no tiene nada que ver con lo que acabo de escribir. No me mortifica que parezca un descuido. Es, en todo caso, un descuido premeditado (este blog pasará, con frecuencia, de las convenciones del manual periodístico). La foto fue tomada en la convulsa década del ochenta. El hombre de la foto acaba de ser atacado por terroristas de Sendero Luminoso en Villa Rica. Me gusta mucho esa imagen porque me da miedo.

Bienvenidos

D.