Archivos para el mes de: junio, 2012

Se viene [del 8 al 11 de agosto] el VII ENCUENTRO DE ESCRITORES IBEROAMERICANOS organizado por el Centro Cultural Patiño de Cochabamba, Bolivia. Habrá invitados de primera: Marcos Giralt Torrente (España), Santiago Gamboa (Colombia), por Bolivia: Sebastián Antezana, Wilmer Urrelo, Ximena Arnal y Claudio Ferrufino. La sorpresa que cierra este año es una escritora estupenda: Luisa Valenzuela (Argentina). Aquí -recicladita- les paso una crónica escrita para Ecdótica hace un par de años en la que cuento mi experiencia como invitado a la anterior edición y en la que hablo de ese extraño escritor peruano que vivió muchos años en Bolivia: Enrique Congrains Marín (1932-2009). Fue una experiencia maravillosa. Cochabamba, poco a poco, se está convirtiendo en una de las ciudades literarias por excelencia de América Latina. Brindo por eso.

Señoras y señores, no se engañan: en la foto de arriba hay un hombre bebiendo. La mano derecha y los dedos abiertos ocultan su cara en el mismo momento en que un tequila milagroso se la está deformando. Si ustedes piensan que la V de los dedos iluminados es el símbolo del ‘Paz y amor’ o la V revolucionaria de ‘¡Victoria!’ y‘¡Venceremos!’, su intuición es sin duda ágil pero errónea. Se los digo porque ese hombre soy yo y, aunque de esa noche no recuerdo nada, sé —porque me conozco, porque lo he hecho antes y lo volveré a hacer—, que sólo estoy pidiendo dos más en un bar colorido de Cochabamba cuyo nombre debe ser La ingrata o La tirana pero que, siguiendo la lógica del macho engañado, bien podría llamarse La pérfida o La hija de puta.

¿Que si estoy contento? La verdad, sí. Modestamente, sí. Me explico: estoy en Bolivia, es julio y escribo y hay gente que piensa que no lo hago mal. Es gente que desde luego no me ha leído pero lo intuye y, por eso, porque sonríen cuando me reconocen de las fotos del periódico, yo les creo igual. Me explico mejor: llegué a Cochabamba invitado por el Centro Cultural ‘Simón I. Patiño’ para participar en el VI Encuentro de Escritores Iberoamericanos. El tema del evento era el humor y la literatura y la culpable de mi presencia —junto a los narradores y enseguida compinches Alfredo Bryce Echenique, Juan Terranova, Ramón Rocha Monroy, Manuel Vargas y Eduardo Scott Moreno— fue Jackeline Mejía, una mujer admirable que, con dulzura y fortaleza, se convirtió en el alma y el corazón del evento. ¡Oh, hermanos de sangre, podría escribirle una oda romántica a Jackie si no fuera porque, gracias al maléfico Facebook, me acabo de enterar de que le gusta el Heavy Metal!

Yo, sin embargo, la conocí poco metalera. Me recibió ultra elegante en el aeropuerto Jorge Wilstermann con la misma simpatía, calidez y amabilidad que, en adelante, recibiría de todos los cochabambinos. Me sentía ruborizado y un poco enmudecido por el pudor, cuando la buena de Jacky me llenó las manos de unos lindos souvenirs del evento que tenían impresos mi rostro de peleador de Vale todo. Bajar del avión en una onda Valium y verte de pronto en polos y carteras y marcadores de libros tiene un encanto tridimensional: genera un sentimiento a-lo-Menudo que no pude ni puedo describir sin cagarme de risa. Desde luego, mi ampulosa vanidad y yo estábamos encantados por el gesto y quisimos varias decenas de todo (para regalar).

De Cochabamba sabía poco y sólo literariamente. En el pasado, por La tía Julia y el escribidor y El pez en el agua de Mario Vargas Llosa (en aquella época en que lo leía como con fiebre); en el presente, por dos amigos, Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Hasbún con quienes, además de la vocación, comparto la inagotable y recia y antipática nieve neoyorquina. Otro dato importantísimo era que el escritor peruano Enrique Congrains, autor contemporáneo a la Generación del 50, que luego de dos estupendos libros de cuentos (Lima hora cero y Kikuyo) y una novela (No una, sino muchas muertes) se había quedado en silencio literario por poco más de cincuenta años, había vivido y muerto en esta ciudad hacía exactamente un año.

Congrains no era, sin embargo, un escritor cualquiera. Todos los adolescentes peruanos lo leímos y estudiamos en el colegio y aprendimos que, junto a Los gallinazos sin plumas (1955) de Julio Ramón Ribeyro, Lima hora cero (1954) supuso la puerta de entrada de la narrativa peruana al mundo urbano marginal generado por las migraciones del campo a la ciudad en la década del 50. La primera vez que lo leí tenía doce años y Congrains ya no estaba por ningún lado. De la figura espectral del narrador enigmático se desplegaba la faceta fugaz del guerrillero frustrado que, luego de un atraco fallido a un banco en La Molina, había caído preso por tres meses y se había marchado del Perú para no volver. En adelante, las noticias sobre su vida fueron sólo rastros confusos de su paso por México, Cuba, Argentina, Colombia, Chile, Venezuela y Bolivia. Se decía que vendía manuales de enseñanza que él mismo escribía. Se decía que tenía una editorial artesanal dedicada a la promoción de la lectura. Se decía, por último, que estaba enfermo y había perdido la razón. Lo único realmente seguro era que Congrains había dejado de escribir. Era un fantasma en el limbo hasta ese insólito día en que, calva generosa, gafas redondas y una barbita plateada y filosófica, pareció volver de la muerte con tres libros interminables en los que había extraterrestres, una enciclopedia intergaláctica, una nave espacial llegando a Nazca, y Dios y Satanás asistiendo disfrazados a la final de la Copa del Mundo entre Argentina y Chile en el Estadio Nacional del Perú.

Imagen obtenida de Letras.s5 [http://www.letras.s5.com/ca060708.html]

La sombra difusa de un Congrains delirante paseando por las calles de Cochabamba mientras le daba los últimos toques a Gallinita portahuevos, El narrador de historias y 999 palabras para el planeta Tierra fue la imagen terrible y conmovedora de algo que me interesa, precisamente, porque me asusta: la idea de lo literario como una enfermedad irrenunciable que nos va arrastrando, bajo el más violento de los silencios, por los senderos de la locura, la decadencia y la muerte.

Frente a un escritor ausente que se pierde y reaparece para volver a perderse, asomó sin embargo la figura de otro que leí e imité cuando la escritura no era otra cosa que un pasatiempo inocente. La primera vez que lo vi, llegaba involuntariamente tarde a la rueda de prensa del evento y tenía unos shorts hasta las rodillas que me hacían ver como un surferito rebelde. Alfredo Bryce Echenique me estrechó la mano y fue muy generoso conmigo y se rió quedamente del malentendido que me había llevado a exponerme ante las cámaras del periodismo boliviano con mi ropa playera. Tenía una retahíla de preguntas y temas que quería preguntarle sobre él y Ribeyro y Monterroso y Vargas Llosa y Cortázar y Onetti y que, luego, frente a un plato gigantesco de pato al horno contra el que todos los escritores luchamos cuerpo a cuerpo, fue muy gentil en responderme con estupendas anécdotas y chistes.

Este ambiente de dulce camaradería, de conferencias repletas de público, de fiesta literaria con estudiantes y adultos sedientos de lectura, de alegría alcohólica, de comilonas exquisitas en las que descubrí tanto el Trancapecho como el delicioso Pique Macho y en las que probé el Singani (pisco boliviano) y amanecí cantando y bailando con el gran Juan Terranova y con gente tan talentosa, tan de puta madre y que tanto está haciendo por el arte y la literatura y el mercado editorial boliviano como Sebastián Antezana y Alejandra Alarcón y Fabiana Aliaga y Claudia Azcuy y Liliana Colanzi y Fernando Barrientos y Marcelo y Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Hasbún, es algo que quería resaltar en este pequeño texto con el aprecio y la envidia poco sana que me produce pensar que el Perú no tiene nada semejante.

Cierro ahora, aquí, extendiendo mi vasito imaginario de tequila para recordar con respeto y admiración a Enrique Congrains Marín y para celebrar y agradecerle a Cochabamba por esos días dulcísimos de julio que, en mi recuerdo, aún no terminan. Pronto llegará el séptimo encuentro y la ciudad recibirá con los brazos abiertos la llegada de nuevos escritores y el círculo se abrirá de nuevo para brindar y celebrar que la literatura está viva, que es un derecho y un privilegio común, que al abrir la puerta de la lectura para todos, se están abriendo nuevos mundos.

Celebramos este 21 de junio, cumpleaños del administrador de Buenas maldades, con el feliz anuncio de las dos estatuillas del León de Oro del Festival Internacional de Cannes conseguidas por la edición especial de la antología de nuevos narradores latinoamericanos El futuro no es nuestro – ‘El libro que no puede esperar’: un objeto ‘mágico’ cuya tinta desaparece a los dos meses de abierto. La agencia de publicidad DraftFCB y Eterna Cadencia, la editorial de El futuro… en Argentina, compartieron este maravilloso premio. El objetivo de esta campaña es recuperar la atención de los lectores hacia el libro impreso, reivindicar a los libreros y a las librerías como espacios públicos de compañía e intercambio que no deben perderse, y promover la carrera de los nuevos escritores a través de esta lectura de carácter urgente.

Muchas gracias por su apoyo. Este premio es de los 24 autores de la edición impresa y de los 63 autores de la edición electrónica para nuestros compañeros de ruta: los lectores.

El futuro no es nuestro en inglés saldrá este 17 de julio en Estados Unidos con la editorial Open Letter (traducción de Janet Hendrickson) y en agosto, con relato bonus track del gran Carlos Yushimito, en Perú gracias a Madriguera editorial.

Imagen tomada de http://www.thisislime.net

Descubrí el mayor de mis miedos en la literatura el mismo día en que me descubrí escritor. Le temía al lector. Me asustaba exponerme, abandonar mi clandestinidad, aceptar que para comprender esa sensación de éxtasis y orfandad que experimentaba al escribir sin saber muy bien qué oscuro impulso me guiaba, era imperioso tener un lector. No un lector cualquiera. No la señora o el muchacho que se sentaban a mi costado en la combi Brasil-Javier Prado. Ni mi flaca ni mi pata ni la gente del barrio con la que jugaba fulbito en la pista y me hubiera dicho, con la tierna pero distorsionada sinceridad del compadraje, que lo mío “estaba de puta madre”.

Ese lector especial, en el mejor de los casos, era una persona honesta, muy leída y respetada, alguien que, aún desaprobando tus textos, sintonizaba con tu temor y tu delicadeza porque entendía que la escritura verdadera nunca es una decisión fácil ni consciente, que la literatura, como toda enfermedad peligrosa, suele tomarte por asalto y puede perderte.

El otro tipo de lector, el del peor de los casos, no se diferenciaba mucho del primero en términos de formación y experiencia; lo que lo envilecía, lo que lo convertía en antagonista, era su propio miedo. ¿Miedo a qué? A descubrir en su lectura que, frente a él, pidiéndole honestidad y sabio consejo, había uno más joven e inocente, alguien con más valentía y, muy probablemente, con más talento.

Algo parecido a lo que le sucede al profesor Fombona en “Obras completas” —delicioso cuento de Augusto Monterroso (1921-2003)— cuando, entre sus entregados discípulos, descubre a Feijoo: un joven e inseguro poeta cuyo enorme talento le recuerda, no sin humillación y envidia, la carencia del suyo. En Feijoo, en los versos de Feijoo que “encerraban no poca belleza” y que anunciaban “la posibilidad de que terminara por convertirse en un gran poeta”, Fombona se observa a sí mismo “cuarenta años atrás, sufriendo avergonzado y solo por el verso que se negaba a salir, y que si salía era únicamente para producirle aquel rubor como fuego que nunca pudo explicarse”.

Como es de esperarse, ante la evidencia de sus rápidos progresos, la resolución final de Fombona es rebajar a Feijoo, desautorizarlo públicamente haciendo pasar sus bajezas por buenos consejos, disminuirlo adrede para que el discípulo virtuoso no pudiera opacar ni superar al maestro.

He tenido muchos lectores especiales en mi vida, hombres y mujeres sumamente generosos y desprendidos que, sin saber quién era, viéndome la cara de sufrimiento que el pudor nunca me ha ayudado a disimular, se tomaron la molestia y el tiempo de leer mis manuscritos fotocopiados y encuadernados en espiral. Algunos dijeron, ‘adelante’. Otros dijeron, ‘aún falta’. Todos me tendieron la mano y ahora, cada vez que los encuentro, se las estrecho con admiración y un profundo agradecimiento.

La historia de mi aprendizaje literario sería idílica y absolutamente anodina si no persistiera en el recuerdo más de un profesor Fombona.

Matices más, matices menos —Fombonas grises que podrían estar leyendo esto y preguntándose ¿seré yo?—, hay una anécdota verdadera que conté (y exageré) en El círculo de los escritores asesinos porque fue crucial para definir mi carácter, porque se trajo abajo toda mi inocencia y me enseñó que la literatura podía ser despiadada, una guerra sin fusiles, hipocresía culta y vestida de elegante para ocultar el feroz campo de batalla.

Siempre pensé que los Fombona eran la ruina completa de chicos y chicas sensibles con legítimas aspiraciones artísticas y muchísimo talento, quienes terminaban abdicando ante la miseria moral de estos falsos profetas. Ahora pienso que me equivoqué. Que la literatura es —debe ser— también un asunto de valentía, donde uno ha de estar listo para encarar —sin soberbia, con humildad, confiando en su propio talento— a todos los Fombonas del mundo.

Cuando tenía dieciocho años y trabajaba en un periódico otrora decente, conocí a un par de Fombonas. A veces los veo. Los saludo sin problema. No les guardo rencor alguno. Es triste decirlo pero sospecho que, sin su ayuda involuntaria, nunca habría llegado a ser un lector especial para otros Feijoos genuinamente confundidos que a veces se me acercan mirando el piso, ahogados por su timidez, ya con la fiebre de la literatura en el cuerpo y un manuscrito bajo el brazo.

Algunas veces, les he dicho ‘adelante’.

Otras, sin dejar de tenderles cálidamente la mano,  les he dicho ‘aún falta’.

Imagen del Comic-Con ‘Archer’.

1. FICCIÓN

En uno de los fragmentos más divertidos de la segunda parte de Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño (1953-2003), Lisandro Morales, un sufrido editor mexicano caído en desgracia por publicar una revista literaria y “la antología definitiva de la joven poesía latinoamericana” que ha armado el poeta real visceralista Arturo Belano, dice tener “fundadas sospechas de que un asesino a sueldo (o tal vez dos)” están siguiendo sus pasos.

Lo curioso es que, antes de aceptar la publicación, Morales es muy consciente de que “la poesía no vende” y está convencido de que los poetas son “como chulos de putas desesperados”. La persona que lo convence, su mano derecha en la editorial, no es un poeta sino un narrador ecuatoriano al que el editor llama solo por su apellido. El “cabrón de Vargas Pardo” es, precisamente, quien le promete contar en la revista con las colaboraciones estelares “de Julio Cortázar, de García Márquez, de Carlos Fuentes, de Vargas Llosa” aunque los únicos a los que termina publicando son a “un novelista argentino exiliado en México amigo de Vargas Pardo […], a un compatriota olvidado de Vargas Pardo”, a los amigos poetas de Vargas Pardo y al propio Vargas Pardo.

Quebrado, insomne, alcohólico, acosado por deudas y acreedores, abandonado hasta por el mismo Vargas Pardo —quien se va a trabajar a otra editorial— y mirando siempre “hacia todos lados no sea que aparezca sorpresivamente un cobrador”, Lisandro Morales lamenta no haber confiado en su instinto (“poesía, demasiada poesía”) y afirma saber ahora algo que antes solo presentía: “a todos los editores nos sigue un asesino a sueldo. Un asesino ilustrado o un asesino analfabeto, a sueldo de los intereses más oscuros, que a veces son, santa paradoja, nuestros propios y vacuos y necios intereses”.

La imagen de un editor sumido en la bancarrota, engañado por escritores y perseguido por sicarios (reales o imaginados) como consecuencia de una apuesta involuntaria por la poesía, es una imagen de delicioso humor paródico altamente representativa de la narrativa de Bolaño, en la cual se suele abordar el tema de las miserias y las grandezas de la vida intelectual. En sus novelas, cuentos y algunos de sus poemas, la trama de la vida literaria se desarrolla en un espacio de confrontación permanente entre hombres de letras que, sin mayor dificultad y en nombre de su arte, transmutando en asesinos y delincuentes con un espléndido gusto estético, se entregan al mal.

2. NO FICCIÓN

Setiembre del 2008. Esto es Lima, mi ciudad, y yo vivo lejos. Un grupo enfurecido de escritores y poetas peruanos y extranjeros manda una carta de denuncia a distintos medios y blogs en la cual se acusa de “timador de vuelo internacional” y de estafador que desfalca a escritores amparado por sus “oscuros vínculos con el poder”, a un editor que lo niega todo y que, en su descargo, llama a la denuncia una “estrategia mediática” y, muy orondo, se atreve a lanzar un desafío: si quieren denunciarlo por “estafa”, perfecto, “ahí está el Poder Judicial”.

En adelante, cuando ya no hay costra que contenga el pus, aparecen más denuncias y mails ‘confidenciales’ ya no solo contra el presunto mal editor (“¡este tipejo me estafó con 1300 dólares!” señala un poeta enfurecido) sino en contra de periodistas y críticos literarios y bloggers que se acusan mutuamente de hacer trueques de reseñas positivas, de ser los administradores clandestinos de blogs anónimos especializados en el vilipendio y la difamación, de suplantar identidades, de usar múltiples heterónimos para sembrar el odio entre aquellos que se aman, de ser desleales y calumniadores y falsos y arteros y canallas y ratas.

Todo esto es divertido y decadente, pienso. Si los gobernantes del Perú no hubieran sido tan indigentes para apoyar a la cultura y, al menos, existiera una (sí, !UNA!) beca nacional de creación o un Premio Nacional de Literatura, como ocurre en Argentina, México o Chile, apuesto el brazo izquierdo a que se retarían a duelo con lanzas y machetes o se desmembrarían a hachazo limpio o se apalearían con garrote-de-púas antes de enterrar vivo al perdedor.

Recuerdo, también, haber pensado en aquel momento con alguna suspicacia en esa escena de Los detectives salvajes en la cual un editor mexicano, tan noble como pusilánime, lo pierde todo por ‘culpa’ de la poesía y termina perseguido por sombras y asesinos a sueldo.

¿Podría la realidad ser más cruda y poderosa que la ficción?

¿Entre tanta amenaza e inofensivo ladrido cibernético sería capaz de superarla?

Mi respuesta automática fue no.

Cierto es que he escrito toda una novela sobre escritores asesinando —literalmente— a un crítico literario, pero, incluso ahora, me cuesta aceptar la posibilidad real de un nuevo José Santos Chocano en el horizonte brumoso de la divertida y peligrosa literatura peruana.

Pero, entonces, reaparece una anécdota de nota roja que he escuchado más de una vez. Uno de los protagonistas —chistes y peditos del destino— podría ser el editor aprista acusado de cabecero pero ¡en el papel de víctima! El otro, un escritor estafado al que le han destrozado el sueño del estrellato narrativo made in Lima. El climax no existe. El anti-climax aparece con una pistola que no se dispara. La historia, que bien podría ser apócrifa, encubierta bajo el formato de un relato corto con trazas de chisme, ha sido contada por alguien que dice ser el escritor Juan José Sandoval, de esta forma:

“Según el parte policial de una comisaría de Breña, hace algunos meses atrás hubo un escritor que, embargado de locura y hartazgo, luego de sentirse estafado por su editor, optó por amenazarlo poniéndole una pistola en la cabeza. El motivo: le había depositado no sólo su confianza al obeso poeta, descubridor de falsos talentos literarios y asesino de ilusiones artísticas, sino también unos cuantos cientos de soles esperanzado en las palabras del farsante, que le ofreció el paraíso de las letras peruanas con presentación de libro incluido y firma de autógrafos en colegios de la ciudad.”

Leo de nuevo el párrafo: “El paraíso de las letras peruanas” y me río, y luego pienso en Bolaño y en la risa de su personaje, el editor Lisandro Morales, y recuerdo y suscribo entonces, como proféticas, sus últimas palabras: “A veces, cuando bebo más de la cuenta, me da por mentarle la madre, a él y a los literatos que me han olvidado y a los asesinos a sueldo que me acechan en la oscuridad y hasta a los linotipistas perdidos en la gloria y en el anonimato, pero después me calmo y me da por reírme. La vida hay que vivirla, en eso consiste todo, simplemente. Me lo dijo un teporocho que me encontré al otro día al salir del bar La Mala Senda. La literatura no vale nada.”