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Descubrí el mayor de mis miedos en la literatura el mismo día en que me descubrí escritor. Le temía al lector. Me asustaba exponerme, abandonar mi clandestinidad, aceptar que para comprender esa sensación de éxtasis y orfandad que experimentaba al escribir sin saber muy bien qué oscuro impulso me guiaba, era imperioso tener un lector. No un lector cualquiera. No la señora o el muchacho que se sentaban a mi costado en la combi Brasil-Javier Prado. Ni mi flaca ni mi pata ni la gente del barrio con la que jugaba fulbito en la pista y me hubiera dicho, con la tierna pero distorsionada sinceridad del compadraje, que lo mío “estaba de puta madre”.

Ese lector especial, en el mejor de los casos, era una persona honesta, muy leída y respetada, alguien que, aún desaprobando tus textos, sintonizaba con tu temor y tu delicadeza porque entendía que la escritura verdadera nunca es una decisión fácil ni consciente, que la literatura, como toda enfermedad peligrosa, suele tomarte por asalto y puede perderte.

El otro tipo de lector, el del peor de los casos, no se diferenciaba mucho del primero en términos de formación y experiencia; lo que lo envilecía, lo que lo convertía en antagonista, era su propio miedo. ¿Miedo a qué? A descubrir en su lectura que, frente a él, pidiéndole honestidad y sabio consejo, había uno más joven e inocente, alguien con más valentía y, muy probablemente, con más talento.

Algo parecido a lo que le sucede al profesor Fombona en “Obras completas” —delicioso cuento de Augusto Monterroso (1921-2003)— cuando, entre sus entregados discípulos, descubre a Feijoo: un joven e inseguro poeta cuyo enorme talento le recuerda, no sin humillación y envidia, la carencia del suyo. En Feijoo, en los versos de Feijoo que “encerraban no poca belleza” y que anunciaban “la posibilidad de que terminara por convertirse en un gran poeta”, Fombona se observa a sí mismo “cuarenta años atrás, sufriendo avergonzado y solo por el verso que se negaba a salir, y que si salía era únicamente para producirle aquel rubor como fuego que nunca pudo explicarse”.

Como es de esperarse, ante la evidencia de sus rápidos progresos, la resolución final de Fombona es rebajar a Feijoo, desautorizarlo públicamente haciendo pasar sus bajezas por buenos consejos, disminuirlo adrede para que el discípulo virtuoso no pudiera opacar ni superar al maestro.

He tenido muchos lectores especiales en mi vida, hombres y mujeres sumamente generosos y desprendidos que, sin saber quién era, viéndome la cara de sufrimiento que el pudor nunca me ha ayudado a disimular, se tomaron la molestia y el tiempo de leer mis manuscritos fotocopiados y encuadernados en espiral. Algunos dijeron, ‘adelante’. Otros dijeron, ‘aún falta’. Todos me tendieron la mano y ahora, cada vez que los encuentro, se las estrecho con admiración y un profundo agradecimiento.

La historia de mi aprendizaje literario sería idílica y absolutamente anodina si no persistiera en el recuerdo más de un profesor Fombona.

Matices más, matices menos —Fombonas grises que podrían estar leyendo esto y preguntándose ¿seré yo?—, hay una anécdota verdadera que conté (y exageré) en El círculo de los escritores asesinos porque fue crucial para definir mi carácter, porque se trajo abajo toda mi inocencia y me enseñó que la literatura podía ser despiadada, una guerra sin fusiles, hipocresía culta y vestida de elegante para ocultar el feroz campo de batalla.

Siempre pensé que los Fombona eran la ruina completa de chicos y chicas sensibles con legítimas aspiraciones artísticas y muchísimo talento, quienes terminaban abdicando ante la miseria moral de estos falsos profetas. Ahora pienso que me equivoqué. Que la literatura es —debe ser— también un asunto de valentía, donde uno ha de estar listo para encarar —sin soberbia, con humildad, confiando en su propio talento— a todos los Fombonas del mundo.

Cuando tenía dieciocho años y trabajaba en un periódico otrora decente, conocí a un par de Fombonas. A veces los veo. Los saludo sin problema. No les guardo rencor alguno. Es triste decirlo pero sospecho que, sin su ayuda involuntaria, nunca habría llegado a ser un lector especial para otros Feijoos genuinamente confundidos que a veces se me acercan mirando el piso, ahogados por su timidez, ya con la fiebre de la literatura en el cuerpo y un manuscrito bajo el brazo.

Algunas veces, les he dicho ‘adelante’.

Otras, sin dejar de tenderles cálidamente la mano,  les he dicho ‘aún falta’.