Con mis compañeros del jurado: Américo Mudarra y Pedro Cateriano.

Con mis compañeros del jurado: Américo Mudarra y Pedro Cateriano.

Buenas noches.

Lo primero, lo que corresponde, es iniciar esta ceremonia con gratitud. No pienso estropear el protocolo. Me siento sincera y profundamente agradecido por esta oportunidad de participar en esta décimo séptima edición del Premio Copé en la categoría de cuento. Me siento, además, honradísimo de ser el encargado de leer estas palabras en nombre de mis queridos compañeros del jurado: Américo Mudarra Montoya (en representación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos), Pedro Cateriano Delgado (representando a PetroPerú), Giovanna Pollarolo (a nombre de la Pontificia Universidad Católica del Perú) y uno de los más grandes escritores de este país, alguien al que he leído con tanto asombro y regocijo desde que asomé, no sin miedo, a este desconcertante y, aún así, maravilloso mundo de las letras: el maestro Edgardo Rivera Martínez (en representación de la Academia Peruana de la Lengua).

Me dijeron que soy el miembro más joven de la historia de este premio. No sé si aquello sea cierto pero, en todo caso, me serviré de esa probable y gentil inexactitud, para resaltar un hecho que llamó mi atención desde que el notario nos descubrió la identidad de los premiados: su relativa juventud. Menciono este rasgo —que muchos, con justicia, podrían considerar extra literario— para señalar una tendencia que desestimo y combato porque creo en el arte como creo en los relevos naturales que contemplan las mismas leyes del arte. En un país acostumbrado por sus gobernantes y sus medios masivos a desestimar el valor educativo de la cultura, a mirarla con desdén por su escasa rentabilidad política a corto plazo, a tratarla como un mal menor quitándole cada vez más espacios a favor de la burocracia y la institucionalidad más precaria, a postergarla como fueron postergados y dejados en la más absoluta miseria tantos narradores y poetas, empezando por el gran Martín Adán quien murió como un indigente en la cama de un manicomio, es meritorio y enternecedor comprobar que, aun cuando a diferencia de países hermanos como Argentina, México, Chile, Brasil o Colombia, que incentivan la creación artística con becas y premios nacionales porque entienden que ningún país crece solo sobre la base de su gastronomía y de sus minerales, es absolutamente cautivante, decía, darse cuenta de que la búsqueda y la vitalidad y el talento de nuestros artistas no se ha dejado vencer ni intimidar por esa mezquindad política.

Afortunadamente, gracias al fortalecimiento de premios como el Copé y con la recuperación del Premio Nacional de Cultura ocurrido este año, volvemos, de a pocos, a recuperar la sensatez y a enmendar el camino. Y qué mejor manera de comprobarlo que a través de los espléndidos relatos de los finalistas y ganadores de este certamen nacional: Pedro José Llosa, Miguel Ruiz Effio,  Carola Contreras, Carlos Cornejo-Roselló Chávez, Juan Francisco Ugarte, Jesús Orcottoma, Richard Parra, Carmen Rosa Paredes de Stich, Mariano Vargas Vilca, Aldo Cavero, Gregorio Torres Santillana, Pierre Castro, Alejandro Neyra y Jorge Luis Gutiérrez.

El mérito de estos textos no solo está en la variedad de sus propuestas estéticas en donde se cultivan géneros tan disímiles como el western, la literatura de viajes, el relato político, el policial, la vertiente histórica, la narcoliteratura o la metaficción, sino, sobre todo, en la manera como estos géneros han sido puestos en jaque: subvertidos y problematizados, en la temática y en la forma, precisamente para  reinventarlos.

Aunque me gustaría abordarlos todos, la brevedad de este tipo de ceremonias me permite detenerme someramente solo en los relatos ganadores.

En “¡Hierbasanta, hierbasanta!” de Gregorio Torres Santillana, Premio Copé de Bronce, tenemos un enfoque original y valiente del tema de la violencia política desde el punto de vista de una niña cuyo destino, por sorpresivo, no pienso revelar. A partir de una narración que renuncia a la linealidad, y en donde las voces de los personajes son el contrapunto perfecto para el inesperado desenlace, Torres nos muestra el carácter irracional de una violencia impregnada en todos los estratos y rincones de un pueblo provinciano que va descubriendo, de a pocos, el horror. En “El río” de Pierre Castro Sandoval, Premio Copé de Plata, se describe el viaje a lo largo del río Amazonas de un joven peruano que, tras años de ausencia, regresa al Perú. “El río” es un conmovedor relato de iniciación y aprendizaje cuya cadencia y ritmo narrativo, y esas imágenes sutiles y metafóricas del río como reflejo del regreso y de las diferencias que separan a los pueblos y a los hombres, consiguen el efecto melancólico de los grandes relatos. “El libro de la sabiduría” de Alejandro Neyra, Premio Copé de Plata, es el retrato casi biográfico de un escritor extraño cuyo proyecto literario imposible parece el producto de su propia anómala vida como inmigrante en los Estados Unidos. El cuento de Neyra está impregnado de ese humor que es fino e hilarante sin recurrir al exceso o al chiste fácil. Finalmente, “Los caminantes de Sonora” de Jorge Luis Gutiérrez Rodríguez, el cuento ganador de la presente edición, es un relato cuya intensidad y belleza sobrecogen. Con una voz fresca y un estilo solvente, en el que confluyen la jerga peruana lumpen y ese habla particular del narco y el coyote mexicano, “Los caminantes de Sonora” se erige como el relato de una febril odisea: la de dos migrantes peruanos a través de un desierto fronterizo que, de a pocos, se los va tragando. El de Gutiérrez es un cuento que, con un logrado dominio técnico y un oído privilegiado para reproducir el habla popular, se ubica en ese frontera porosa entre el realismo y la fantasía para representar el mundo de los cárteles y la descarnada violencia de la frontera. “Los caminantes de Sonora” combina el mundo de las creencias religiosas con el del narcotráfico para crear un ambiente extraño, insólito, incluso fantasmagórico.

Quisiera terminar agradeciendo a los directivos de PetroPerú por la invitación y por la constancia de esta gran Bienal; a los miembros del jurado por su amistad, su apoyo y sus enseñanzas en todo el proceso de calificación; pero, sobre todo, me gustaría saludar a los 1400 participantes de esta edición por seguir escribiendo, por seguir luchando por el arte por el cual vivimos y ante el cual rendimos nuestros más íntimos y sagrados sueños.

Muchas gracias,

Diego Trelles Paz

Fotos: Helen Hesse