Cerca de Hudson

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      Los escritores no me despiertan envidia porque imagino que se han convertido en escritores debido a un accidente que no estuvo en sus manos evitar. Y para dar más peso a esta sospecha me convenzo de que, si hubieran tenido oportunidad, se habrían dedicado a otros asuntos. Una vocación pura y sin tropiezos tampoco causaría mi envida ni nada parecido: si los santos llegaran a interesarme sería sólo por las dimensiones o el espectáculo de su caída. Cuando a comienzos del nuevo milenio y debido a las redes y conspiraciones de dos lectores suspicaces llegó a mis manos Hudson el redentor me sentí algo desconcertado. El libro reunía de forma casi natural las pasiones que pusieron en movimiento mi vida durante casi dos décadas: la voz personal e íntima de quien no tiene temor a mostrar sus debilidades, y el acecho de una atmósfera que invita a entregarse a la sosegada destrucción de las certezas: abandonar la plaza, abrir las puertas más herrumbrosas sólo para husmear, beber hasta perder el nombre e imaginar que las mujeres existen. En unas horas concluí la lectura del libro y me sentí dentro de una casa amiga, en la mesa de un escritor que no mentía y en camino correcto hacia el origen de un malestar perpetuo: la noche y los vicios que perturban a los habitantes del oriente eterno, como llamaba un romántico alemán a los condenados a muerte por sí mismos. Pero estamos en Lima y a nuestra mesa acuden los aspirantes a las emociones genuinas y virginales: los más sensibles quieren ser viejos antes de volverse viejos e inventan una historia que los redima ante los ojos de un fantasma: Hudson, el escritor que fracasa para ser alguien.

Y en tanto Hudson se torna un santo, los demás, sus testigos, hacen frente a su propia historia y sospechan que los papeles trágicos ya han sido otorgados y que sólo resta esperar a que la joven Laurita crezca y se vuelva espejo de ilusiones quebrantadas. El barrio y el fútbol religioso, los drogadictos que son héroes y la poesía que se convierte en la urna donde caben las cenizas de todos. Las historias de Hudson el redentor, las quise escribir yo cuando comencé a hacerme adicto a las batallas perdidas dentro de las catacumbas de una ciudad cuya enfermedad no tiene como consecuencia la muerte: el Distrito Federal. Y recordé, presa de una envidia necesaria y no deseada, que Hudson no había sido idea mía cuando viajé por primera vez a Lima y conocí al Chato y a Laurita: una idea que no es abstracta o nebulosa, sino experiencia y buena pluma de Diego Trelles Paz. Qué buena noche entre sonámbulos pasé en los bares del centro limeño: en vida y en lectura. Y ahora que he vuelto a leer este libro lo encuentro incluso más saludable que antes. Conocemos la historia: los enfermos que no mueren porque son adictos a la vida que se oscurece para continuar.     

Guillermo Fadanelli