Aquí va el texto leído por mi gran amigo, el poeta Roger Santiváñez (Piura, 1956), en la presentación de la reedición de Hudson el redentor (La Travesía/Animal de Invierno, 2013).

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Diego Trelles Paz pertenece a la última generación de narradores latinoamericanos. Ampliamente conocido entre los círculos de nuevos escritores en el territorio de nuestra América y en Estados Unidos, aquí nos ocuparemos de Hudson el redentor, a propósito de su reciente  reedición.

El libro constituye una sola atmósfera situada en una zona de Magdalena. La cosa  —naturalmente— empieza con el ritual del cómputo, título del primer relato. Aquí Trelles nos presenta a sus personajes: la collera de patas desencantados que circulará por todo el libro. A pesar de su juventud para cuando escribió este volumen, Diego demuestra, de arranque, un temprano talento para la narración descriptiva: “El movimiento ondulante de su papada, la rigidez de ambas mejillas adheridas a su piel como soldadas y el tic nervioso de sus párpados entrecerrándose sin coordinación, indicaban que mentía. El Gordo se rió”. Notamos aguda penetración psicológica, al compás del perfil físico instantáneo del personaje.

Uno no puede dejar de identificarse con la incursión al llonja donde venden marimba. Y con la palta del Chato por ser su primera vez y por haber aceptado el reto sólo para impresionar a Laurita, la típica chicoyita de barrio —como diría Lucho Hernández—, de la que está templada toda la collera. Los diálogos son fiel retrato del habla de las esquinas en los barrios de la Lima actual, aunque el espacio temporal esté enmarcado en los años 90s. Esto lo consigue Trelles con un impecable realismo. Escuchamos a los jóvenes conversar y sentimos la vibración de una verdad y de un modo de decir que es exacto al de los muchachos de carne y hueso de los barrios de la clase media de Lima. Como las mentadas de madres —solapas— por ejemplo: “Esa huevada la sabe hasta el Travolta” se refiere un personaje a un chisme que es vox populi. Y su acompañante le espeta: “Y tu vieja no lo sabe? —No , mi vieja no habla estupideces”. Están plenamente diseñados esos modos de agresión divertida entre amigos, tan cara a las patotas de patas por las esquinas de la ciudad.

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Destaco, entonces, en primer lugar, la oralidad de esta narrativa. Su perfecto abrevar de la realidad real para configurar una literatura de nivel. El habla de las calles está plasmada con singular maestría. Posteriormente se desencadenan una serie de eventos que se nos van contando: historias de la collera, sucesión en la cual primero vemos la visión de Laurita, musa del barrio, y cómo a través de su diario ella observa a sus amigos, su familia, su barrio, su país. Lo bacán es que está fichada como un intertexto del famoso cuento de Bryce Echenique, “Una mano en las cuerdas”. Y lo simpático es que la narradora del diario habla de dicho cuento y asegura que ha sido su inspiración para redactar su propio diario, aquel que Manolo compuso en Huerto cerrado de Bryce. Es decir hay un juego de espejos o de cajitas chinas. Un cuento dentro de otro cuento. Lograda auto-reflexividad.

El personaje Hudson, ex habitante del barrio, quien ha salido de allí hacia otro tipo de vida, maldita y bohemia, es el que une la suma de los cuentos del libro. De paso, es un homenaje a Hudson Valdivia: gran actor peruano de los 50s ,60s, 70s y aún 80s y declamador de Vallejo como nadie, símbolo del artista radical que termina sumido en la decadencia total. Hudson encarna una cierta zona dark de la historia, así como diversas memorias por las que discurre la vida de estos jóvenes desengañados que fuman marihuana y después entran a la cocaína y se van aniquilando. Vidas desahuciadas, perdidas, sin futuro alguno. Esto parece revindicar el No hay futuro del punk y la generación X. Esto se nota, por ejemplo, en el cuento “Jauría” que relata un camping  de la collera en la playa, todos coqueados, enloquecidos y puestos en una escritura alucinante que Trelles maneja hábilmente con un juego de yuxtaposición de las voces de los muchachos, en el que aparentes discursos inconexos –como es el de la locura de la droga— se ensamblan para dar la imagen más certera de una generación que, entre Sendero Luminoso y las atrocidades de la dictadura Fuijimori-Montesinos, crece en un país destruido. Este libro es el canto de cisne de aquella generación que se salvó de casualidad, teniendo en cuenta que muchos de ellos murieron en la droga o en situaciones estúpidas como la del Cadete, en un tono del Club Loreto, famoso en la Lima de fines de los 80s y comienzos de los 90s. Una muerte absurda pero que pone de manifiesto algo más estúpido: el racismo imperante en el Perú contra el cholo y el indio o las personas de rasgos mestizos aunque sean de clases más acomodadas.

Siendo el primer libro de Diego Trelles Paz, pienso que su autor salió airoso. Los personajes son cuajados (seres reales, verosímiles) y las historias también.  Son las del gran deportista que cae en la garra de la droga, la delincuencia y la muerte. O sea, cómo un pata zanahoria termina mal por el ambiente que lo rodeó y con una familia disfuncional, así como la miseria cultural que lleva a una chica a una suerte de prostitución de la alegría. Las rivalidades entre las chicas del barrio, la fiesta de la más linda, el fútbol, por supuesto, y todo basado en el soporte de la oralidad y la sinceridad de su propuesta, en la que el Chato —a todas luces alter ego del autor—nos deja una sensación de esperanza al final, cuando ya han crecido los chiquillos y son  hombres maduros, jóvenes todavía claro. La búsqueda humana del Chato, redime la sinrazón y destrucción de la collera, aunque los chicos también actuaran de buena fe en general —siempre hay algún conchesumadre— podría decirse que eran palomas, palomillas, y hasta el maricón del grupo expone por todo lo alto, y lo bajo también, las contradicciones de una juventud que creció sin esperanzas, pero que hoy nos da un narrador de fuste a quien felicitamos de todo corazón.

Roger Santiváñez

[Texto leído durante la presentación de Hudson el redentor libro de cuentos de Diego Trelles Paz. Feria Internacional del Libro. Lima, Julio de 2013]