En esta entrega Francisco Ángeles nos recomienda un relato incluido en Hudson el redentor, primer libro de Diego Trelles Paz, joven escritor cuya premiada novela Bioy ha significado un salto importante en su oficio de narrador. El cuento Jauría, que presentamos en este ‘Rescate’, es un “cuento político”, según su propio autor. Léalo y vea por qué.

Por Francisco Ángeles*
 
Desde el mismo título, la seca y directa referencia a la animalidad nos da una pista de lo que vamos a encontrar: primero, un grupo de jóvenes que parece una manada (rabia, violencia, instinto, descontrol); segundo, la homogenización bajo un nombre colectivo, en el cual todos quedan resumidos bajo virtudes similares, pero sobre todo defectos compartidos; tercero, el énfasis en el tema de la fidelidad, asociada a los perros a los que hace referencia el título, pero que no se aplica solo a la pareja, sino también a una lealtad amical que termina revelándose más precaria de lo que parecía; y finalmente, lo más importante: un contexto, Lima a mediados de los noventa, en que las circunstancias económicas del Perú obligaban a ventajear todo cuanto sea posible, sin pensar quién podía resultar afectado. Esto obligaba a pelear por la supervivencia con tal ímpetu que incluso la amistad (valor que en la adolescencia mantiene todavía un aura relativamente impoluta) terminaba usualmente dañada. Y esa lucha por la supervivencia se da en dos planos, no solo paralelos sino también conectados: el económico y el afectivo. 
 
Tanto como su contexto político, estos jóvenes andan a la deriva, son reflejo y consecuencia de ese mundo exterior, de ese espacio macro sobre el que apenas consiguen debatir a la distancia, entre cervezas y líneas de coca, sin entender demasiado ni articular mayor juicio que el que seguramente han oído. Estos adolescentes conforman la primera generación finisecular que, llena de ganas de vivir, tiene la posibilidad de pisar las calles y disfrutar de un país pacificado. Pero no todo resulta tan fácil en la última década del siglo pasado: el país al que pertenecen se encuentra también empobrecido, económica pero sobre todo moralmente. Y por ello, en típico gesto noventero, los jóvenes buscan escapar del denso contexto neoliberal a través de las drogas, el sexo, y una vida en común (la “jauría”) que en el fondo solo intenta ocultar el malestar creado por un individualismo extremo que los ha convertido en enemigos unos de otros. Y por tanto, la competencia para conseguir lo que uno quiere (y lo que uno quiere normalmente es trago y mujeres) no impedirá saltar las leyes elementales de convivencia, y de esa manera pasamos a vivir en medio de una especie de ilegalidad (estafa, robo, violencia) que termina siendo la norma de un universo donde las leyes han dejado de funcionar.
 
Recuerdo la época en que se publicó Hudson el redentor, libro del que Jauría forma parte. Y aunque en ese momento no llegué a leerlo, me acuerdo brumosamente la prensa que tuvo y los comentarios que recibió. Me he preguntado más adelante, y me vuelvo a preguntar ahora, cómo ubicar ese libro en el panorama de la nueva narrativa peruana: parecía muy tarde para afiliarlo a los noventeros onda realismo sucio, tipo Sergio Galarza, Rilo, el primer Raúl Tola, etc., y muy temprano para vincularlo a los trajines metaliterarios del explosivo arranque de la editorial Estruendomudo. Y aunque es verdad que con el primer grupo existen aguas comúnmente abrevadas de esa reynosiana fuente titulada Los inocentes (lugar común en el que no voy a detenerme), hoy, mirando a la distancia, creo que más que articularse con alguna de esas vertientes, el libro debut de Diego Trelles Paz ha trazado su natural filiación con la obra posterior de su propio autor. En gesto que demuestra la explícita intención de construir un corpus con resonancias interiores, algunos de los personajes, como el Chato, por ejemplo, reaparecen en su primera novela, El círculo de los escritores asesinos (2006), donde el respectivo grupo juvenil direcciona su compartido interés hacia el arte como mecanismo de salvación ante una situación social, económica, política y moral igualmente complicada. 
 
La segunda vida de Hudson el Redentor, es decir su reedición, llegará el próximo año, en Lima y Arequipa (Borrador y Ciudad Editorial, respectivamente, según entiendo). Estos meses de descanso entre la reedición de El círculo… y la publicación de la premiada novela Bioy, por un lado, y la reaparición de Hudson, por el otro, le permitirán a este último un reingreso revitalizado. Y no tanto por una sencilla cuestión de timing, sino porque, en virtud de los pasadizos compartidos, su lectura quedará perfectamente reforzada a la luz de las dos novelas posteriores. Y mientras tanto, a meter las manos a la Jauría. El riesgo de ser mordido es alto. Felizmente.  
 
 
LA PALABRA DEL AUTOR:
 
Me hubiera gustado haber leído Winesburg, Ohio (1919) del gran Sherwood Anderson justo cuando escribía los relatos de Hudson el redentor (2001) pero llegué a esa obra algunos años más tarde. Los llamo relatos pero me equivoco: aunque pueden funcionar como cuentos autónomos, con el tiempo y gracias a la novedosa estructura del libro de Anderson que hace porosa la frontera entre los cuentos y la novela, me di cuenta de que, por la recurrencia de sus personajes en más de un texto, por poseer un principio y un final, pero, sobre todo, por acercarse a esa Lima desfigurada en la que viví y sobreviví durante el oncenio fujimorista, Hudson el redentor puede leerse siguiendo la libre voluntad del lector: sea como una novela formada por cuentos, sea como un libro de cuentos con estructura de novela. Entre esos textos, recuerdo con especial afecto Jauría, no solo porque recrea la época veraniega de los campamentos en las playas del sur en la década del noventa (imaginar la opulencia de Asia por entonces hubiera sido inverosímil: las playas son públicas, pertenecen a todos los peruanos no solo a los que se sienten los dueños del país) sino, sobre todo, porque técnicamente era arriesgada al emplear la técnica de los vasos comunicantes para unir episodios y espacios distintos a través del diálogo. Se llama Jauría porque constantemente se alude a la animalización de los personajes. De repente por eso, pensando en la dictadura y en los códigos salvajes que instauró entre los que crecimos con ella, lo considero un cuento político.
 
 
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EL CUENTO:
Pueden descargar y leer mi relato ‘Jauría’ aquí.
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(*) Francisco Ángeles es escritor, crítico y periodista, con publicaciones en diversos medios académicos y periodísticos peruanos y extranjeros. Su primera novela, La línea en medio del cielo (2008), fue muy bien recibida por la crítica. Creó y dirigió
el colectivo literario 
 Porta 9, y en los últimos años viene ejerciendo como codirector de la revista de literatura El Hablador, en cuyo blog escribe la columna “Doble click”. Vive en Filadelfia, donde sigue un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania. Actualmente alista la publicación de su segunda novela.