Reseña de Martín Guerra Muente aparecida en España en Guaraguao XVI. 39 (Verano 2012), 189-191

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El futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana. Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2011. Selección y prólogo de Diego Trelles Paz

Las antologías, generalmente, sirven como una revisión o diagnóstico, estilístico y temático, de un tiempo o espacio determinado de la literatura. Algunas veces se fraguan desde la voluntad taxonómica. O como parte de un proyecto legítimo de propaganda. El futuro no es nuestro, antología de nueva narrativa latinoamericana, publicada en Argentina por la editorial Eterna Cadencia, es el corolario de un intenso trabajo de investigación, lectura y selección que emprendió el también escritor peruano Diego Trelles Paz hace unos años. En la primera etapa del proyecto, publicado en Internet, el espectro de escritores tomados en cuenta fue mucho más amplio: 63 autores que terminaban por ofrecer una visión bastante amplia y panorámica de las diferentes estéticas que han ido apareciendo en Latinoamérica. Para la edición en papel, que ya ha sido publicada en 5 países y está siendo traducida al inglés, se trata de 20 escritores que conforman una cartografía acaso más rigurosa de la literatura que se gesta en esta parte del mundo.

Desde el prólogo el antólogo nos ofrece, además de una inequívoca declaración de intenciones, su particular forma de clasificar lo que observa como lo mejor de la “nueva” literatura. Por tanto lo que define su criterio, más que un procedimiento académico, es el propio conocimiento y el compromiso que tiene con la literatura. Es así que nos describe a una generación cercada por la desideologización del mundo y la asunción de una sociedad cínica y desencantada. Este será el marco temático, estilístico y temporal que establece: el de escritores que comparten géneros más populares, cierto nihilismo político y una fatalidad que los uniría a la hora de componer sus historias. Con lo que el título de la antología respondería a la aversión y escepticismo de los escritores por un porvenir que no les pertenece pero que tampoco reclamarían.

Sin embargo creo que Trelles Paz yerra en su análisis, tanto más cuanto exalta los valores de una doctrina del repliegue político e intenta la enésima demarcación a un omnipresente canon que a fuerza de expulsarlo siempre regresa. Esa marca de lo latinoamericano que ciertas camarillas también denostaron y de los que Trelles Paz quiere alejarse. El error está en creer que cualquier signo de localismo es malo per se, y parte de una estrategia comercial o de algún atávico costumbrismo. De ahí que en los últimos años se haya promovido un internacionalismo abstracto que se ve como la panacea. Pero a su vez acierta cuando se trata de rechazar los “incentivos extraliterarios” que promueven la homologación de las identidades culturales y literarias. Puesto que mucha de la literatura que tiene como principal aspiración el mercado internacional, suprime su sello localista y cualquier atisbo de experimentación lingüística a cambio de un perecedero reconocimiento editorial. Un reclamo histérico por pertenecer a dicha globalidad que no era otra cosa que la sumisión inconsciente a la ideología de mercado. Grupos que celebraban su inserción al gusto y consumo global y que, sin mucha conciencia, patrocinaban, desde la periferia, el edicto del fin de la historia como el triunfo del capitalismo global. En este sentido, el hedonismo cínico era la derrota política y la asunción de una posmodernidad social.

Pero más allá de la aporética introducción, lo que queda claro es que lo de Trelles no tiene que ver con la fidelidad a un grupo, o a una serie de intereses, sino a la férrea e incombustible fe por una literatura que, como bien dice, irrumpe in extremis al final de un período de futilidades pero también de grandes proezas. Sin manifiesto ni grandes declaraciones, reivindica a los escritores por sobre propuestas que fueron menos reales compromisos con la literatura que tácticas burdas de mercado y pirotecnia barata. Lo que supuso para el caso una sumisión temática y una devoción humillante a una hegemonía editorial.

Sin embargo, el lugar que ha decidido ocupar Trelles, más allá de sus razones literarias es, en mayor o menor grado, el de un lugar político. Pues es una forma de resarcir y superar las trabas que el mercado editorial internacional les impone a los escritores latinoamericanos. Una doxa de colonialidad y desterritorialización literaria que pasa desapercibida y que muy pocos se atreven a cuestionar. Asumiendo una labor de recomposición de un territorio que ha ido perdiendo sus propios canales de diálogo y comunicación. El libro, en este sentido, deviene en dispositivo que funciona como una estrategia de cercanía de tejido de afinidades y afiliaciones desde donde leerse, reconocerse, aceptarse, o criticarse. Lo que contribuye al descubrimiento de otras literaturas y de otros lenguajes que de otra manera, sin la dedicación y exhaustividad del antólogo, no llegaríamos a leer. Por tanto, no se trata de aferrarse a consignas parricidas contra tradiciones exitosas, ni con tradiciones más periféricas, sino de ahondar en la experiencia literaria de una región plural.

Y es desde esa pluralidad que el lector se enfrenta a una serie de modelos narrativos, de estrategias estructurales y lingüísticas dispersas. Aunque en algunos casos coincidan en cierta hibridez textual y en la extraterritorialidad de sus itinerarios. Cada uno de los escritores aporta al mosaico de voces que conforman dicha topografía: literatura fantástica, social, experimentalismo, intimismo y ciertas dosis de convención de género. Los tópicos con los que trabajan son más discretos, como los de sus predecesores a los que Trelles sitúa como mentores posmodernos: Puig, Piglia, Lispector, Monterroso. Los temas van del erotismo sádico y lésbico de Lina Meruane al incesto como experiencia y reflexión teórica en el relato de la chilena Andrea Jeftanovic. Así como variados estilos lingüísticos: porque si en la argentina Schweblin hay elipsis en Nazarián hay un fraseo corto y con cierto aire poético. Y si el colombiano Juan Gabriel Vázquez despliega una prosa exacta, la del mexicano Tryno Maldonado es algo manierista. De lo más destacado: la eficacia narrativa del argentino Oliverio Coelho y de los colombianos Antonio Úngar y del ya mencionado Juan Gabriel Vázquez. Así como la sugerente visión de los rituales iniciáticos de la violencia política peruana que nos presenta Daniel Alarcón.

Sólo cuando se transgreden los tópicos es cuando la diáspora de sonidos, ecos y resonancias se amplía. Por ello el trabajo de Diego Trelles Paz se vuelve indispensable cuando se trata de hurgar en literaturas desconocidas, cuando indaga, sin prejuicios, en territorios poco conocidos y pone atención, en este caso, en el aporte de las escritoras mujeres, menos dóciles a mantenerse bajo el resguardo de la tradición y más abiertas a la experimentación. Sus temas tienen que ver con el cuerpo, el erotismo, la identidad y la violencia de género y por eso mismo exploran lo bizarro a través de un lenguaje más descarado y salvaje que tiene que ver con cierta erótica de la periferia: que no responde más al imaginario sensual de los epígonos del realismo mágico sino a la realidad cruda y abyecta del patriarcado y a la subversión homo/erótica. Aquí se encuentran la ya mencionada Lina Meruane, la nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra y la puertorriqueña Yolanda Arroyo Pizarro.

Al final, hay ejemplos de que el cuento en América Latina goza de buena salud, pero que en algunos casos prefiere la seguridad de la convención que la exploración de los límites del género. Cuando lo intenta, como es el caso de las escritoras mujeres mencionadas, consigue artefactos literarios muchos más originales y estremecedores que esta selección nos permite conocer. Esto es precisamente lo que se le pide a una antología: lucidez y atrevimiento para ir más allá de lo que se conoce. Además de que su sola existencia abre el diálogo y la confrontación fructífera entre tradiciones y subjetividades literarias que contribuyen a enriquecer nuestro panorama cultural. Y sobre todo que ofrece caminos para sacudirnos de esa matriz colonial que borra las especificidades en aras de una supuesta comprensión universal.