¡MATAR A LOS CRÍTICOS!

(Presentación del libro Adormecer a los felices)

Por Fernando Ampuero

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El nuevo libro de cuentos de Diego Trelles, Adormecer a los felices, es la obra que sigue a Bioy, su exitosa novela sobre la violencia política que azotó al Perú en los años ochenta y que obtuvo el Premio Casavella 2012. Hablaré un poco más adelante de algunos de sus cuentos, que tienen mucho nervio y brillo literario y alcanzan picos de humor negro, pero antes quisiera hablarles de una sorpresa, la sorpresa que me llevé yo al escuchar a Trelles hablando en vivo y en directo.

Unos días atrás asistí a una charla en la que él nos habló de literatura. No todos los escritores tienen el don de expresarse y hablar con la corrección del caso. Diego sí lo tiene, tal vez porque, en su condición de profesor, está habituado a tener un público por delante. El estilo de Diego es directo y cortante y, de hecho, evidencia un temperamento vivo, polémico y peleón, que algunos de sus lectores, como yo, le conocemos ocasionalmente por el facebook.

Diego habló sobre el oficio de escritor, o sobre su manera particular de asumir la escritura. Y, por decir lo menos, me impresionó su vehemencia y claridad, al igual que su rabia interior y su compromiso pasional con la literatura. Ello me hizo pensar en las distintas formas en que los escritores asumen esta misteriosa vocación de tejer palabras, de insuflar belleza y sentido a las palabras.

Más que un oficio, la literatura, creo yo, es una religión. Un escritor, cuando se sienta a escribir, celebra misa. Convoca a los espíritus y, a la manera de la misa cristiana, comulga con ellos, en el afán de tragarse a su Dios, de beber su luz. La escritura es un acto litúrgico que conduce a la purificación y la epifanía. No siempre se consiguen tan elevados objetivos, pero al menos se lo intenta. Y el artista, en su trajín de eterno insatisfecho, decide que la única opción de vida plausible que le depara el destino será perecer en ese intento.

Hay en el mundo muchos libros bien escritos, que no son literatura. Son solo libros bien escritos.

La literatura es algo más. Sabemos que es un comentario a la existencia humana, a las vicisitudes del hombre ante diversas circunstancias a lo largo del tiempo; sabemos que, con ella, algunos hombres expresan el ser. Y esto es capital: expresar el ser. Rara vez sucede ese trance de vertiginosa hondura.

¿Esto qué significa? ¿Que la literatura supone la voluntad de ponernos a buscar piedras preciosas? Sí y no. Sí, porque afinar el olfato para detectar buena literatura implica entrenamiento, definición del gusto. Y no, porque el buen lector encuentra literatura en los lugares más inesperados.

La literatura, como decía Borges, está en todas partes, y es más frecuente de lo que se piensa; más común y corriente, quiero decir. Un buen lector la sabe encontrar en esa novela especial y misteriosa que nos conmueve y nos hace reflexionar, pero también en el párrafo de una crónica periodística, que no se proponía hacer literatura; o bien la sabe encontrar, refundida, en un mal poema, en medio de algunos versos defectuosos. La podemos hallar de forma abierta o escondida, pero en ambos casos con una mirada desprejuiciada, insobornable, fiel a la noción de belleza.

Volviendo a mi sorpresa, me impresionó oír Trelles, les decía hace un momento, porque en aquella charla nos contó el origen de su primera novela, el detonante. Y nos lo dijo calmadamente, en el tono confidencial de una confesión.

Dijo Diego, por ejemplo, que escribió esa novela, titulada El círculo de los escritores asesinos, en respuesta a una crítica literaria. Alguien había escrito una reseña en un diario sobre su primer libro de cuentos y lo había maltratado con términos deshonrosos. Diego se ofendió. Todos los escritores sabemos cómo pueden herir ese tipo de malos comentarios.

(Imagínense al reseñista que se regodea en denigrar. No es el crítico serio, sobrio. Ha de ser más bien el sujeto engreído y atacado de narcisismo, que anhela hacerse un sitio golpeando a los novatos o bien colgándose de la fama de los famosos).

El escritor es alguien que pasa muchos años escribiendo, muchos años soñando, y está expuesto a la aparición de reseñistas de toda laya que, de un plumazo, acaba con sus expectativas. Así es el fútbol, así es la vida.

El argumento que nos refiere El círculo de los escritores asesinos propone la venganza contra los críticos. Un grupo de novelistas agraviados por las críticas literarias decide un buen día que deberían asesinar a un crítico. (No es una idea delirante. He oído que en ciudades de México algunos críticos literarios, a causa de opiniones deslenguadas, han terminado con las rodillas rotas). En el caso al que hago alusión, el de los escritores asesinos, se perpetra un homicidio simbólico, un asesinato en aras de la redención.

¡Buena idea la de Diego! ¡Hay que matar a los críticos! Es una alternativa mejor que deprimirse.

Con matar a los críticos quiero decir que hay que montar en cólera y ponerse a escribir y combatir toda suerte de fantasmas, no de salir de veras a derramar sangre. Hay que matarlos con nuevas obras, hay que hacerlos cambiar de opinión y taparles la boca. Porque la escritura es un oficio guerrero, donde se combate contra fantasmas, contra fantasmas propios y ajenos. ¿Y eso basta? ¡Claro que no!, dirán los escritores asesinos. El crítico es una lapa, una presencia pegajosa, un parásito con vocación de aguafiestas.

¡Matémoslos entonces!

(Por favor, que nadie piense que estoy proponiendo matar al crítico aquí presente. Él es un crítico que muy rara vez escribe sobre un libro que no le gusta. Ricardo Gonzales Vigil, no sin sabiduría, parece haber tomado hace mucho la decisión de escribir sobre los libros que le gustan, algo que suele ser más enriquecedor. Su manera de ser hostil o indiferente es el silencio. Si no te hace una reseña, significa que no le gustas, no le interesas o carece de medio).

La otra opción es no tomar en serio las críticas. A fin de cuentas un crítico es solamente un lector. Ciertamente un lector especializado, pero no constituye la última palabra. Hay miles de ejemplos de críticos que se equivocaron al juzgar mal o con escasa sensibilidad obras que hoy son consideradas piezas maestras. El crítico, cuya vara es su gusto personal, o su título académico, también suele tener prejuicios, preferencias y hasta ojerizas. En contraposición, tenemos otros lectores, gente cultivada y tan entrenada como el mejor crítico. Claro que no cuentan con el altoparlante de una revista o un diario para dar su opinión, pero igual se las arreglan; antes ese lector cultivado promovía con el “boca oído”, hoy opina en el facebook y el twitter.

Voy a recordar un lugar común: El mejor crítico es el tiempo. (Yo soy de los que piensan que no todo lugar común debe soslayarse. El lugar común o frase de perogrullo, repite a menudo una opinión sabida, y esto es importante. No toda opinión alcanza el pedestal de lugar común. Veámoslo así).

Diré que en lo que atañe a mi opinión personal, no desdeño la crítica, e incluso tengo hacia ella una posición muy favorable por diversos motivos. A saber, una crítica o reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen releer y reflexionar. Si son frías y secas, me inquietan; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. La premisa de un autor, en todo caso, consiste en no olvidar que, a lo largo de nuestra vida y de la historia, contentar a todos los lectores es imposible.

Conviene por último recordar que no es buena idea escribir para los críticos. Hay que escribir para uno mismo y para esos lectores desconocidos, que sabrán descifrar el corazón de tu texto. Ya lo ha dicho Juan Carlos Onetti, el gran escritor uruguayo, en términos justos: “No sacrifiques la sinceridad literaria a nada. Ni a la política, ni al éxito. Escribe siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro, y al que no nos es posible engañar”

Siguiendo con la charla de Diego, recuerdo también otra frase suya, que todos los escritores entendemos a la perfección. Diego dice, muy serio y con resignación, aunque sin ponerse solemne, que la literatura es una enfermedad. Con ello alude a la literatura como adicción, como vicio. Si eres escritor, no puedes vivir sin escribir. Inobjetable. Yo añadiría que es también un estado febril donde es preciso orientar las palabras hacia un punto de conexión que haga funcionar ese fino e interactivo mecanismo que ensambla al autor con el lector. No es fácil, claro. García Márquez decía: “Es más fácil atrapar a un conejo que a un lector”.

En fin, este ha sido un largo preámbulo para hablar del conjunto de relatos que hoy nos entrega Diego Trelles, Adormecer a los felices, título tomado de una cita de Louis Ferdinand Céline en su extraordinaria novela Viaje al fin de la noche. El título alude a una arenga contra la gente feliz y satisfecha, o contra aquellos que no se enfadan con el mundo. Céline, como se sabe, fue un autor polémico, condenado por su antisemitismo y colaboracionismo en la Segunda Guerra Mundial, pero, en el mundo de las letras, se lo considera un genio literario. No obstante, autores que lucharon en la resistencia, como Jean Paul Sartre, celebraron su literatura. Pero ello no bastaría para olvidar su equivocada y repudiada postura. Hace poco se cumplió el centenario del nacimiento de Céline y Francia, país literario por excelencia, decidió pasarlo por alto: no oficializó los festejos.

Pienso que, entre otras razones, Trelles cita a Céline por su lenguaje conversacional de trance febril y apasionado. Hacia allí, a mi criterio, apuntan los cuentos de Adormecer a los felices, la mayoría contados en primera persona. Trelles, que es un autor de filiación realista, aunque de un realismo con fugas hacia lo onírico y lo patibulario, tiene buen oído para el diálogo, tanto en la jerga citadina peruana como en la latinoamericana. Esto se nos revela en varios de sus cuentos, en particular en el que titula Intermezzo, donde un peruano y un chicano se lanzan un diálogo brioso y divertidísimo, como si entre uno y otro se tantearan para saber quién tiene más calle. Lo mismo puede verse, en otros textos sarcásticos e incendiarios sobre cierto mundillo literario limeño.

Yo me considero básicamente un cuentista y, como tal, al leer estos cuentos, elijo dos que se destacan con gran nitidez. El primero titula El aprendiz, que nos narra las vicisitudes de un cineasta de cine pornográfico en Lima. Nos habla de un tal Perdomo, objeto de atención de un estudiante de periodismo de investigación que, en algún momento de su reportaje, para obtener una visión desde adentro, se infiltra de manera encubierta en los quehaceres de las mencionadas producciones porno. Pronto el estudiante pasa de aprendiz a asistente todo-terreno. Y aquí se produce el giro en la historia: el aprendiz queda fascinado con su mentor y tiene sus razones. Perdomo no es un cineasta porno cualquiera. Es una especie de Fellini criollo, que posee una imaginación desbordada y madera de artista expresionista, y que además tiene su culturita – admira las películas de Orson Welles y las del surrealista Luis Buñuel – y, por lo tanto, realiza obras con planos caprichosos y argumentos extravagantes, que llamarán la atención del aprendiz. Sus películas, sembradas de guiños culturales, resultan a ratos pretenciosas, pero consiguen conmover al aprendiz. ¿Hay arte aquí?, imagino que éste se pregunta. Al parecer no mucho, pero hay en cambio pasión, fantasía y obsesiones, como en Ed Wood.

Una de esas películas porno se titula Jubiladas y golosas, y refiere las aventuras de tres seres decrépitos, tres ancianas libidinosas que se escapan de un hospital geriátrico y salen a buscar muchachos que quieran copular con ellas. Hacen un recorrido por la costa peruana, al parecer rumbo al norte caliente, paraíso de la tabla hawaiana, en un road movie orgiástico, donde se bebe e inhala cocaína. Lo increíble es que encuentran muchachos; hay libido y perversiones para todos los gustos. Y entonces vemos ahí a un surfer de raza negra y a otros jóvenes dispuestos a satisfacerlas. Las escenas de sexo son jubilosas y desgarradas. También hacen pensar en algunos de los más duros filmes de Pasolini.

Otras orgías interesantes se dan en Nico, el luchador superdotado y las campesinas vírgenes, segunda película porno de Perdomo. Allí Trelles nos refiere los encuentros sexuales de un cachascanista cuarentón y panzón que entra a un monasterio andino de reminiscencias incas, habitado por muchachas vírgenes. Nico, el luchador, irrumpe en dicho monasterio y les ofrece desvirgarlas. Ellas lo rechazan, pero entonces, cuando el superdotado Nico muestra su miembro prominente, todo cambia; las vírgenes acceden y se enamoran de él. Y sigue más orgías. Lo extraño de esta historia procede del casting de actores. Nico es un mestizo y un supercholo, y las vírgenes son mujeres blancas. (¿Qué querrá decirnos Trelles? ¿Hace un vindicación andina?).

No quiero abundar en más escenas sobre esta forma de sexo claustrofóbico que entraña la pornografía, pero si voy a mencionar un detalle fascinante. En ciertas escenas de las orgías aparece por ahí una mujer bellísima, esbelta y delicada, cuya sola función es mirar lo que sucede y sonreír. ¿Quién es ella? ¿Por qué está ahí? Nadie la toca, nadie la mira. Es como una diosa de la pureza, un ser irreal. Me encanta el efecto literario de esta pincelada onírica.

El cuento El aprendiz, así como otro igualmente potente y decidor, Nunca he sabido cómo hacer para odiarla, una historia de muchachos que veranean en una playa del sur de Lima, mientras el país es golpeado por la violencia terrorista, son dos muestras del talento de Diego Trelles. Adormecer a los felices, en realidad, es un libro que transporta a los lectores a universos inquietantes y, una vez allí, los despierta de un zamacón, para que vean las cosas con una mirada diferente, para que aprendan, o para que se desengañen.